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Mitos y falsas creencias sobre el veganismo: la verdad sin rodeos

Por We The Free Activism · 13 de marzo de 2025
Mitos y falsas creencias sobre el veganismo: la verdad sin rodeos

Uno de los mayores retos en la defensa de los derechos de los animales es hacer frente al flujo constante de desinformación sobre el veganismo. Cualquiera pensaría que conocer el sufrimiento animal de cerca bastaría para dar el paso; por desgracia, abundan las excusas para evitar mirar la realidad de frente y comprometerse con el cambio.

Y lo que es peor: ¡muchas de esas excusas no tienen ni pies ni cabeza! Vamos a analizar algunos de los mitos más repetidos para zanjarlos de una vez por todas…

«A quien es vegane le falta proteína»

¡Premio! Encabeza la lista de excusas desde siempre. Y no tiene ningún sentido: ¿cómo vas a saber cuánta proteína consume otra persona solo con mirarla? La proteína abunda en el reino vegetal; solo necesitas saber qué alimentos la aportan y en qué cantidades consumirlos. Exactamente igual que en cualquier otro tipo de alimentación.

«Si llevas una alimentación vegana basada en alimentos integrales y variados, cubrir tus necesidades de proteína suele ser bastante sencillo».

— Grace Pascale, dietista-nutricionista colegiada

Una alimentación vegetal ofrece un abanico enorme de fuentes proteicas: tofu, tempeh, seitán, lentejas, garbanzos, alubias, avena, guisantes, col rizada, brócoli, quinoa, arroz, crema de cacahuete, levadura nutricional, semillas de chía, lino y toda clase de frutos secos, por nombrar solo unos cuantos. Si combinas estos ingredientes en tus comidas diarias, alcanzar la cantidad que necesitas es pan comido.

Va siendo hora de tachar esta excusa de la lista.

Mujer levantando pesas en el gimnasio en una máquina de jalón al pecho con ropa deportiva de VeganMuscle

Fuente de la imagen: VeganMuscle

«El veganismo mata más animales que comer carne»

Cuesta creer que todavía haya quien repita esto. La idea de que una postura ética dedicada en exclusiva a no dañar a los animales mata a más animales que pagar directamente por sacrificarlos es… sencillamente absurda.

Quienes usan esta excusa se agarran al argumento de las muertes en las cosechas: afirman que al despejar campos de cultivo mueren más animales que al matar a uno solo para obtener mucha carne.

Esta afirmación cae por su propio peso en varios niveles. Para empezar, no es «un solo animal»: cada año se sacrifican unos 83 000 millones de animales terrestres para consumo humano. Es una cifra tan monstruosa que cuesta asimilarla, así que merece la pena repetirla: cada año mueren 83 000 millones de animales para alimentar a la humanidad.

Además, una alimentación vegetal provoca muchas menos muertes en cosechas que una basada en carne, porque la inmensa mayoría de los cultivos del planeta se destinan al ganado, con un 88 % de la soja cultivada destinado directamente a animales de granja. Gastamos muchísima más tierra en cultivar pienso que en cultivar comida para las personas. La ganadería arrasa extensiones enormes de terreno, lo que destruye hábitats y causa infinitamente más bajas animales. De hecho, se calcula que si toda la población adoptara una alimentación vegetal, la superficie agrícola mundial se reduciría en un 75 %, un cambio monumental.

Las vidas afectadas en los cultivos siguen importando, por supuesto. Con avances como la agricultura vertical, podemos reducir aún más el uso del suelo y evitar desplazar a la fauna autóctona. Pero explorar estas alternativas es inviable si seguimos consumiendo animales: la ganadería no para de crecer a la par que la población humana y se cobra más vidas año tras año.

El paso más contundente que puedes dar para frenar la muerte de animales es hacerte vegane.

«El veganismo es un privilegio»

Tachar el veganismo de elitista tiene tela cuando quien lo dice paga a multinacionales para deforestar hectáreas, explotar a personas con sueldos de miseria para matar animales, despiezar sus cuerpos, llenarlos de conservantes, empaquetarlos y distribuirlos por todos los supermercados del planeta para que quien compra tenga la comodidad de agarrar ese trozo de cuerpo y llevárselo listo para cocinar.

¿Hay algo más privilegiado que eso? Y si el argumento es que los sustitutos vegetales de la carne cuestan más, eso solo se aplica a una fracción minúscula de lo que se come. Las verduras, la fruta, el arroz, la pasta, las legumbres y todos los alimentos básicos de una dieta vegana son de lo más barato del supermercado. Existen infinidad de opciones vegetales asequibles para todos los bolsillos; sostener que el veganismo es un lujo por el precio de un par de marcas de hamburguesas procesadas no se sostiene por ningún lado.

«El veganismo es muy extremista»

Para fabricar una hamburguesa de ternera, se separa a una cría de su madre nada más nacer, se espera a que cumpla 13 o 14 meses, se la cuelga por las patas traseras, se le corta el cuello, se descuartiza su cuerpo y se pica hasta darle forma de disco.

Para conseguir un vaso de leche, se insemina a las vacas contra su voluntad una vez al año y se les arrebata a cada una de sus crías para enchufarlas a máquinas y forzarlas a producir unos 25 litros de leche al día. Cuando su rendimiento baja a los 5 o 7 años, se las cuelga de las patas traseras, se les corta el cuello y se convierten en carne picada.

En la industria del huevo, todos los pollitos macho acaban triturados vivos recién salidos del cascarón porque no son rentables. A los cerdos se los asfixia en cámaras de gas. Cada día se sacrifican 202 millones de pollos.

Quienes son veganes comen plantas.

¿Qué postura te parece más extremista?

«Las plantas también sienten»

Parece mentira tener que responder a esto, pero sale a relucir lo suficiente como para dejar las cosas claras. Cuesta creer que alguien lo piense en serio; suena más a provocación fácil. Aun así, por si queda alguien que equipare de verdad la sintiencia animal al reino vegetal, veámoslo desde la ciencia básica.

Las plantas carecen de nociceptores, sistema nervioso y cerebro. Sin estas estructuras biológicas es imposible sentir dolor físico. Los animales sí tienen nociceptores, sistema nervioso y cerebro, y por tanto sienten dolor.

No tiene más misterio.

«Es una elección personal»

El problema de este argumento es asumir que una decisión individual exime de sus consecuencias en el mundo real. Cuando una elección crea víctimas, deja de ser un asunto meramente privado. Siguiendo esa lógica, patear a un perro sería una elección personal. Pegar a un menor sería una elección personal. Cometer un genocidio sería una elección personal. Todas esas «decisiones personales» provocan dolor a terceros. Por eso tenemos la responsabilidad moral de actuar con empatía.

Puedes decir que comer animales es una elección individual, sí; lo que no puedes es usar esa frase para justificar el daño que causa.

«No pasa nada si tuvieron una vida buena y feliz»

Este es el mayor mito de todos: creer que los animales que consumimos vivieron plácidamente, con espacio, sin miedo ni sufrimiento, y que al final recibieron un tiro indoloro en la cabeza como si nada.

Eso es lo que nos gustaría creer. Son los relatos que la sociedad nos vende para tranquilizar nuestra conciencia a la hora de consumir productos de origen animal. Pero esa estampa idílica no se parece en nada a la realidad.

La cruda realidad es que casi todos los animales criados para consumo humano mueren antes de cumplir el año de vida. Los pollos van al matadero con 6 semanas. Los patos, con 7 semanas. A los cerdos los meten en cámaras de gas a los 6 meses. A los corderos les cortan el cuello con entre 3 y 6 meses. La esperanza de vida natural de una vaca ronda los 20 años; la mayoría acaba sacrificada entre el primer y segundo año. Y a los pollitos macho en la industria del huevo y a los terneros macho en la láctea se los mata el mismo día en que nacen.

Prácticamente cada uno de los animales que terminan en bandejas de carne pasa por una granja industrial, envuelto por el olor y los gritos de la muerte mientras avanza en la fila hacia el degüello, uno tras otro.

Por eso, el único mito que debería preocuparte es el del «sacrificio humanitario»: porque matar a alguien que quiere vivir nunca puede ser un acto compasivo.

Recursos adicionales: