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No tenemos por qué resignarnos al mundo tal y como es

Por Jen Deighan-Schenk · 20 de septiembre de 2026
No tenemos por qué resignarnos al mundo tal y como es

Todavía recuerdo con claridad mi primer año de carrera. Estaba en un seminario de ética donde debatíamos sobre el «egoísmo ético»: la idea de que cada quien solo debe velar por sus propios intereses.

Levanté la mano para expresar que me parecía un planteamiento con fallas de fondo. Para mí resultaba obvio que no podemos pensar únicamente en nuestro bienestar ignorando a quienes nos rodean.

Tras un intercambio de opiniones en el aula, la persona encargada de la clase lanzó una pregunta:

«¿Quién aquí se siente identificade o está de acuerdo con el egoísmo ético?»

Para mi sorpresa y desconcierto, cada persona en esa sala levantó la mano.

Todas, menos yo.

¿De verdad es tan insólito creer que deberíamos preocuparnos por los demás seres vivos?

Con los años me he dado cuenta de que, lamentablemente, la sociedad nos empuja a mirar casi solo por nuestra propia cuenta. Y aunque la gente se preocupe de corazón por su círculo íntimo, resulta facilísimo desentenderse de quienes no despiertan un apego sentimental directo.

Esto explica, en parte, por qué la gran mayoría de la población aún no es vegana. Aun así, no deja de parecerme insólito tener que dar una batalla tan intensa para defender los derechos más elementales de los animales.

¿Acaso no es evidente que no deberíamos cosificar ni hacer daño a seres completamente inocentes?

Pero aquí estoy: un jueves a las diez y cuarto de la noche, después de todo el día trabajando por los animales, sentada frente a la pantalla intentando escribir algo que logre marcar una diferencia para ellos. La injusticia es tan brutal y tan urgente que me cuesta pasar un solo minuto despierta sin tenerla en mente.

Hace poco volví a pensar en aquel seminario universitario, y me di cuenta de que quizá juzgué demasiado rápido a mis compañeres de clase. Puede que en realidad no fueran malas personas ni egoístas sin remedio. Quizá solo estaban bajo el influjo del entorno.

Cuando miras a tu alrededor, cuesta no sentir que a nadie le importa nada. Entras al supermercado y los estantes rebosan de productos de origen animal. Vas a un restaurante y hay solo una opción vegetal entre treinta platos. Enciendes la televisión o escuchas conversaciones cotidianas y a los animales se les trata como cosas. Tras años de vivir en ese ambiente, es lógico llegar a la conclusión de que a la gente simplemente le da igual.

¿Y si estamos confundiendo lo que está normalizado con lo que la gente realmente considera justo?

La inmensa mayoría ha crecido en un entorno donde comer animales es la norma establecida. Nos enseñaron que a ciertas especies se las cuida en casa y a otras se las explota para comida, ropa o entretenimiento. Pero eso no revela necesariamente qué elegirían esas mismas personas si el contexto social fuera distinto.

La investigación en ciencias sociales lo lleva demostrando décadas: nuestra forma de actuar depende enormemente de lo que creemos que hace el resto, de lo que creemos que esperan de nosotres y de lo que resulta común en nuestro entorno. Pero eso también significa la otra cara de la moneda: nuestras acciones influyen en quienes nos rodean, y nuestras posturas abren la puerta a que otras personas se atrevan a dar el paso. Las normas sociales refuerzan costumbres arraigadas, sí, pero también se pueden transformar. Cuando una alternativa empieza a verse y sentirse más cercana, a cualquiera le resulta mucho más fácil sumarse.

La simple existencia de un movimiento por los derechos animales demuestra que otro mundo es posible.

Desde el activismo, ayudamos a que la gente compruebe que el cambio está al alcance, y poco a poco vamos redefiniendo qué es lo normal. Antes de ser vegana, yo vivía bajo esas mismas inercias sociales. Hasta que alguien me invitó a cuestionar si mis hábitos encajaban de verdad con mis valores; me paré a pensarlo y vi que no. Y decidí cambiar.

Poco después encontré a una comunidad entera dispuesta a dedicar su vida a los animales, y supe que ese era el camino que yo también quería tomar.

Te digo con total sinceridad que, tras nueve años de activismo constante, hoy tengo más esperanza en un mundo vegano que nunca. Veo una evolución dentro de nuestro movimiento que solo puedo describir como algo mágico. No solo somos más personas; estamos haciendo piña. Y cuando nos unimos, la fuerza es inmensa.

Si seguimos remando hombro con hombro, aprendiendo en equipo y cuidando nuestra comunidad, lo vamos a lograr. No sé cuántos años tomará, pero sé que estamos mucho más cerca de lo que creemos.

La historia está llena de prácticas que antes parecían de lo más normal y hoy nos resultan inconcebibles. Cosas que se tildaban de imposibles y que acabaron siendo una realidad incuestionable.

Quizá eso era lo que me faltaba entender en aquel seminario hace años: que el hecho de que algo sea una norma social no significa que esté bien. Y que, aunque ahora mismo sientas que estás en soledad, no es verdad: somos una multitud compartiendo esta misma convicción.

No tenemos por qué resignarnos al mundo tal y como está. Estamos construyendo un movimiento global, y si nos sumamos en masa, llegará el día en que todo aquello que hoy nos duele por su injusticia resulte igual de obvio e intolerable para el resto del planeta.