Fuera del movimiento, mucha gente suele ver el veganismo como una postura extrema. Existe la idea de que quienes son veganes forman una especie de club cerrado: bichos raros que van a contracorriente y se rigen por principios radicales que nada tienen que ver con los del resto de la sociedad.
Pero esto no es tan así. En realidad, los valores fundamentales del veganismo son valores que ya compartimos. Casi todo el mundo da el paso tras chocar de frente con una incómoda disonancia cognitiva: darnos cuenta de que la ética que exigimos para nuestra vida y nuestra sociedad se desmorona en cuanto miramos cómo tratamos a los animales. Si lo que somos depende de nuestros principios morales, actuar en contra de ellos es fallarnos a nosotres mismes.
Por eso se equivoca quien tacha al veganismo de extremo o elitista. En el fondo, no es más que poner en sintonía lo que hacemos con lo que ya creemos. La verdadera pregunta que deberíamos hacernos es: ¿se puede seguir consumiendo productos de origen animal sin traicionar nuestra propia escala de valores? Sinceramente, creo que no…
Compasión: empatizar con el dolor ajeno y actuar
Tener compasión es ser capaces de ver el sufrimiento ajeno y hacer lo posible por aliviarlo. Es un valor universal que comparten culturas, religiones y comunidades de todo el planeta; algo innato en casi cualquiera de nosotres que nos ayuda a crecer y a conectar con los demás. Incluso quien hace daño suele ser capaz de sentir compasión en otros ámbitos, o de experimentar culpa y remordimiento con el tiempo.
Como sociedad, estamos de acuerdo en que hay que tratar bien a los animales. Nos indigna ver a alguien darle una patada a un perro, torturar a un gato o degollar a un cerdo. Y sin embargo, la inmensa mayoría justifica esto último si el resultado final es un bocadillo de beicon. En un segundo, la compasión hacia ese animal y el rechazo ante la violencia se esfuman. Ni siquiera es que nos dé igual —a muchísima gente le revuelve el estómago pensarlo—, pero elegimos justificarlo. Elegimos defenderlo. Y de repente, tiramos por la borda uno de nuestros valores morales más arraigados solo por comodidad o por una preferencia de sabor.

Respeto: tratar con dignidad sin importar las diferencias
El respeto mutuo parece hoy más necesario que nunca. Vivimos un momento frágil en el que no solo se desprecian las ideas, vivencias o sentimientos ajenos, sino que se premia el ataque. Las redes están llenas de hostilidad e insolencia, y ciertas figuras públicas intentan colar la idea de que preocuparse por los demás es de personas «blandas» o «débiles». ¿Desde cuándo exigir respeto se convirtió en una flaqueza? Nos enseñaron desde la infancia aquello de no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti. ¿Cómo va a ser una virtud el desprecio?
Frente a tanta ignorancia y crispación normalizada, lo esperanzador es nuestra capacidad de respuesta. Cada vez hay más conciencia colectiva sobre la necesidad de cuidar a quienes nos rodean. Si entendemos lo esencial de respetar a cualquier persona sin importar su origen, género, orientación o capacidades, ¿por qué dejamos fuera de esa ecuación a los demás animales? Tener una posición de dominio sobre el resto de especies no nos da derecho a explotarlas ni abusar de ellas; al contrario, nos hace responsables de su protección.
Responsabilidad: asumir las consecuencias de nuestros actos
Hacernos cargo de lo que provocamos con nuestras acciones es vital para sostener cualquier sociedad; sin eso, reinaría el caos. Asumir responsabilidades individuales y colectivas nos impide desentendernos de nuestros compromisos y nos empuja a mejorar cuando nos equivocamos.
Sin embargo, hay un terreno donde solemos desentendernos: aquellas decisiones cotidianas que impactan de lleno en la vida de otros seres. Los productos de origen animal se sostienen bajo la ley de la oferta y la demanda. Toda la crueldad hacia los animales ocurre porque la demandamos. ¡Literalmente pagamos para que suceda! Pero al consumir, solemos echarle la culpa a la industria y no a nuestro propio consumo, olvidando que no hay oferta si no hay demanda. En cuanto dejamos de comprar esos productos, asumimos nuestra responsabilidad: el poder de cambiar las cosas está en nuestras manos.
Libertad: defender el derecho a vivir y decidir por cuenta propia
La libertad es indispensable para que cualquier individuo viva una vida plena. Nos permite vivir de forma auténtica, dándonos el espacio para tomar nuestras propias decisiones. Cuando nos arrebatan la libertad, el bienestar físico y mental se destruye por completo. ¿Te imaginas pasar la vida entera en una jaula en la que apenas cabe tu cuerpo, sin poder estirarte, rascarte ni darte la vuelta? ¿O sobrevivir en una nave a oscuras o con luces cegadoras, sin ventilación, junto a miles de seres que empujan, se pelean, tosen, sangran, defecan y mueren sobre el suelo a tu lado,** a cada segundo de cada día**?** Sin poder salir jamás, sin un solo segundo de respiro. Una tortura constante, insoportable e inimaginable.
Esa es la realidad de miles de millones de animales ahora mismo. ¿Le desearías algo así a alguien? ¿De verdad se justifica arrebatarle a un ser el derecho más elemental a una vida libre y tranquila solo por no renunciar al beicon, al queso o a los huevos?

Fuente: https://oikeuttaelaimille.fi/
Honestidad: mirar la realidad de frente
Vivir con honestidad importa de cara a los demás, pero sobre todo frente al espejo. Mirar hacia otro lado ante las verdades incómodas puede parecer el camino fácil, pero reprimir lo que sentimos en el fondo es el caldo de cultivo perfecto para la disonancia cognitiva. Y el problema se agrava cuando estas contradicciones se nos inculcan antes de tener la información necesaria para formarnos un criterio propio, porque terminamos normalizando el sinsentido.
De pequeñas, por ejemplo, nos llevan a una granja escuela a acariciar y dar de comer a los mismos animales que luego nos ponen en el plato para cenar. Nos enseñan a tratarlos con cariño al mismo tiempo que nos dicen que está bien matarlos para comer. Así, crecemos asumiendo dos ideas totalmente incompatibles como algo natural.
Lo difícil, al hacernos mayores, es atrevernos a cuestionar todo eso con sinceridad absoluta. Da mucho vértigo reconocer que nos hemos equivocado, sobre todo con algo que llevamos haciendo toda la vida. Por eso, en cuanto asoma la duda de si de verdad podemos querer a los animales mientras pagamos para que los maten, la apartamos de un manotazo y nos refugiamos en la costumbre de siempre. La incomodidad sigue ahí, solo decidimos ignorarla.
Si todavía no das el paso al veganismo y has llegado hasta aquí, date un momento de sincera honestidad. ¿Crees que actúas con compasión pagando para que degüellen a crías de pocas semanas por ti? ¿Demuestras respeto privando a otro ser de su libertad y arrebatándole la vida de cuajo solo por un instante de placer al comer? ¿De verdad crees que la responsabilidad es de quien lo produce y no de quien lo exige al pagar? ¿Puedes responder que sí a alguna de estas preguntas con total sinceridad?
Elegir el veganismo es, ante todo, un acto de honestidad con quienes somos. Es priorizar nuestros principios por encima de apetencias pasajeras. La palabra «hipocresía» duele porque pesa, pero en mi caso personal, di el paso porque me di cuenta de mi propia hipocresía. Estaba justificando cosas que chocaban de frente con cómo creo que debemos comportarnos en este mundo.
Perseverancia: mantenerse firme ante las dificultades
Hay un último valor imprescindible: la perseverancia. La determinación de mantenerse firme ante los retos y las dificultades. Al hacerte vegane, vas a encontrarte con algunos obstáculos: desde los comentarios o reacciones de tu entorno hasta reajustar lo que comes o asumir lo duro que es vivir en un mundo donde la violencia hacia los animales está normalizada.
Por eso es tan necesario recordar los principios que te mueven y apoyarte en ellos cada vez que haga falta.
Tú puedes. Tus valores ya están ahí; ahora solo toca ser consecuente con ellos.